martes, 11 de septiembre de 2012

Descubrimientos, preguntas y reflexiones…



Particularmente, esta semana me ha agobiado mucho el mantener el equilibrio entre los pendientes de la casa y los del trabajo. Desde una lógica estricta, por supuesto que me gustaría generar un ambiente de colaboración tanto en el hogar como en el lugar que trabajo, pero ¿qué pasa cuando se deben “apagar incendios” del hogar desde el trabajo o viceversa.
¿Qué pasa cuando se ven invadidos cualquiera de estos ámbitos porque finalmente las responsabilidades recaen sobre la misma persona? Me gustaría que, además de otros aprendizajes, al final de este semestre encontrara una manera de ser más colaborativa en mi área de trabajo sin que me impacten tanto los problemas en casa y también el comprender cómo puedo generar un mejor clima de colaboración con mis colegas entendiendo sus situaciones personales y profesionales.


Culturas de colaboración vs culturas de conflicto (competencia)


Como se puede notar, me estoy inclinando hacia el caso de estudio de las culturas de colaboración vs las culturas de competencia o conflicto. Me llama mucho la atención este tema pues me parece curioso que siendo todos favorecedores del buen clima organizacional, de la cooperación internacional, de la paz y armonía, muchas veces no hagamos lo necesario para fomentarlos. Incluso en el hogar, pareciera que “comimos gallo”, andamos ansiosos y buscando problemas donde no existen.

No entiendo bien a qué se deba, si incluso influyen factores biológicos, pero lo cierto es que creo que en la medida que tengamos control sobre lo anterior podremos alcanzar nuestros objetivos de manera más rápida y sin tanto desgaste. Por supuesto que en el área de trabajo tenemos días buenos y días malos, días en que somos solidarios y días en los que ni nosotros nos aguantamos.

Pero ¿qué podemos hacer al respecto para que a largo plazo no nos afecte? Hay quienes dicen que es necesario “dejar lo de casa en casa y lo del trabajo en el trabajo”, pero, ¿es posible hacer esta separación? ¿podemos ser unos en el trabajo y otros al llegar con la familia sin que nos afecten los problemas de un ámbito en el otro? ¿qué opinan?

Las propuestas de mejora y retroalimentación desde la perspectiva de los tres niveles de cultura…


¡Qué difícil es alcanzar la unidad entre lo que creemos ser, lo que queremos ser y lo que somos en ciertas circunstancias!
Esto fue lo primero que me vino a la mente cuando leí el segundo capítulo de Edgar Schein sobre los distintos niveles de cultura que podemos percibir en una organización. Pensando en la institución de la cual formo parte pude identificar varios artefactos que favorecen el intercambio de ideas para mejorar las distintas áreas, esto va desde el buzón de sugerencias (la famosa cajita que se encuentra fuera de las oficinas) hasta múltiples programas informáticos en los cuales se evalúa la calidad, servicios, etc. Definitivamente, desde esta aproximación, el mensaje sería el de “bienvenidas todas las opiniones y propuestas de mejora, el chiste es participar”.
De igual manera, los valores que se manifiestan en nuestros códigos de conducta son los de mejora continua, innovación, trabajo en equipos multidisciplinarios, etc.  Evidentemente es una idea ambiciosa el todos trabajar en armonía y tomar la retroalimentación de manera abierta.
No obstante, existen supuestos subyacentes, los cuales no son perceptibles a primera instancia, sobre el cómo hacer este tipo de propuestas, especialmente si se trata de un trabajador a otro trabajador o sobre algunos “temas espinosos”.
 
 
 
Hoy en día se está trabajando al respecto, pues se ha comentado en reuniones de la posibilidad de hacer propuestas de mejora incluso si no es en nuestra área o departamento, pero también se sabe que es hasta cierto punto natural el sentirse a la defensiva si se critica nuestro trabajo. Es muy difícil que sea aceptado sin generar cierta ansiedad el que se realice una crítica abierta de un colaborador a otro sin haberlo prevenido antes o el tener que “brincarse” algún nivel en el organigrama para tratar de un área de oportunidad, pues independientemente de que esto se “debió resolver” de manera más directa, se toma como si se estuviera acusando de incompetente a la persona a la que se omitió en el proceso cuando esto no es necesariamente cierto pues se puede deber a distintas circunstancias, por ejemplo, el hecho de que la persona que representa el nivel inmediato no tenga las facultades de resolverlo o el que no se encuentre en ese momento.

Me imagino también, que muchos de estos supuestos se manifiestan no sólo en esta organización sino  a nivel macro, pues tememos mucho el ser juzgados, criticados o rechazados, especialmente en nuestro trabajo. Por lo anterior me surgen las siguientes preguntas: ¿qué supuesto es el que nos hace temer la retroalimentación por parte de nuestros colegas? Y ¿cómo podríamos crear un ambiente de mayor confianza para no temer la retroalimentación?

martes, 4 de septiembre de 2012

Sobre el caso de Ciba-Geigy…



En su libro sobre cultura y liderazgo organizacional, Edgar Schein describe su experiencia como consultor de dicha empresa y uno de los aspectos que resalta en el primer capítulo es la “territorialidad” que tienen algunas personas en lo que a su trabajo y área se refiere. Es decir, les resulta muy difícil aceptar crítica de alguien más, especialmente si no lo consideran como lo suficientemente experimentado o simplemente no es titular de “su área”. Lo anterior, creo, es muy común y lo he enfrentado así como he visto que algunos de mis alumnos lo enfrentan pues en las primeras experiencias laborales suele suceder que uno llega muy “fresco” a la organización, con muchas ideas, propuestas y además queriendo lucirse. Particularmente, sufrí los embates de estos supuestos cuando en una junta se me ocurrió realizar un comentario respecto a cómo mejorar la percepción de calidad de algunas de las personas a las que prestábamos un servicio. El titular de esa tarea no tomó a nada bien mi comentario pues pensó que, aparte de imprudente, yo no sabía de qué estaba hablando.
 
 
 

En algo estaba en lo cierto, imprudente sí fui, pues no conocía las reglas tácitas de comportamiento de la organización. Los supuestos de que si uno tenía alguna crítica que hacer o comentario que realizar lo tendría que hacer antes en privado con la persona que fuera a estar involucrada en vez de “ventanearla” enfrente de los demás. Esto empañó definitivamente mi imagen en la organización por una temporada, pues a pesar de que la propuesta realizada se implementó con éxito (pues sí sabía de lo que estaba hablando, ya que en alguna ocasión yo misma había sido usuaria), el momento elegido y la manera en que “pisé” ese terreno no fueron los idóneos.

Asimismo, he visto a mis alumnos, cuando se van a prácticas profesionales, frustrarse con personas cuyo supuesto es similar. Los llegan a calificar de “metiches” “arrogantes” “habladores” cuando en realidad en la universidad constantemente les lavamos el cerebro diciéndoles que propongan, que promuevan la mejora continua, que no sean apáticos y ellos (al igual que yo, cuando comencé a trabajar) lo que desean es “quedar bien”, todo lo contrario al efecto que en ocasiones producen. Desafortunada y muchas veces injusta, esta situación es hoy en día una razón más para entender la cultura que se desarrolla en muchas organizaciones.

Leyendo...


(Me pareció que venía al caso con la lectura, el tema de los supuestos, etc...)

Reflexiones sobre los supuestos que he tenido que cambiar a lo largo de mi vida profesional (o mis supuestos vs los supuestos de los demás respecto al ámbito laboral)




Antes de iniciar esta primera intervención en el blog, debo comentar que prácticamente toda mi vida me he encontrado en el ambiente estudiantil de una o de otra manera. A pesar de no ser pedagoga, mi experiencia no se limita al haber pasado la mayor parte de mis años estudiando sino a haber visto a mi madre desempeñarse como profesora prácticamente toda su vida tanto a nivel secundaria, preparatoria, etc. Aunado a esto, yo me dedico a la docencia a nivel profesional, por lo cual creo que podríamos decir que ya “traigo una escuela” o ciertos “supuestos” respecto al tema de la educación. Igualmente, muchos de mi familia, en algún momento de su vida, se han dedicado a la enseñanza, esto independientemente de su profesión (pues incluso mi madre estudió química industrial y yo tengo la abogacía como formación profesional).

Hoy en día disfruto mucho de mi profesión, de convivir mucho con mis alumnos y del intercambio de ideas que se genera en el ambiente universitario pero debo reconocer que en un principio no deseaba dedicarme a este noble oficio pues me parecía muy desgastante en comparación con el reconocimiento que se le da a esta ocupación. Ésta era una discusión que en casa sosteníamos mi madre y yo, en la cual yo le preguntaba ¿por qué le gustaba tanto dar clases? ¿por qué a pesar de haber estudiado química siempre se había dedicado a ello? ¿qué le aportaba a ella? Obviamente, en esa etapa de mi vida (adolescencia), uno de los supuestos que marcaban la toma de decisiones eran los de escoger un trabajo que me aportara mucho “reconocimiento” “fama” “beneficio económico” y sobre todo el que la elección de una profesión debía contemplar dedicarse única y exclusivamente a trabajar en el ámbito de aplicación de la misma (…y no el de la “enseñanza” de la misma). Hasta ese momento yo no “entendía” los supuestos que marcaban el comportamiento de mi madre por estar tan enfrascada en los míos.

Mucho tiempo después, cuando terminé la licenciatura en derecho, se me presentó la oportunidad de hacer estudios en el extranjero, no en abogacía por cierto (razón por la cual muchos de mis colegas en esta rama me ven como desertora), sino en administración. Incluso, dudé mucho pues, a pesar de aplicar a alrededor de diez becas para maestría en leyes, me la otorgaron para un programa en el área de negocios y estrategia. No obstante, y gracias a las recomendaciones de un buen amigo, acepté romper este paradigma y aprender una nueva disciplina que hasta ahora me ha traído muchas fortunas. Ahí aprendí a comunicarme y trabajar de manera multidisciplinaria, entender lo que los ingenieros, químicos, financieros, “ven” y “piensan”. Realizar el mismo trabajo entre todos y ponernos de acuerdo a pesar de que unos lo “veían” como una tabla de Excel, otros como un diagrama de flujo y otros como un ensayo de más de doscientas palabras. Esta última experiencia en particular todos tuvimos que confrontar nuestros “supuestos” con los de los demás pues no sólo había distintas profesiones sino que la mayoría éramos de distintas nacionalidades: mexicanos, colombianos, hondureños, peruanos, españoles, etc.  

Fue hasta que regresé de esta experiencia que me dieron la oportunidad de dar unas consultorías y capacitaciones de manera más formal. Esta experiencia fue muy gratificante aunque todavía no me convencía del todo a dedicarme de lleno a la educación.  Posteriormente trabajé en el ámbito legal y descubrí que incluso en esta rama, la enseñanza y formación continua juegan un papel trascendental para que las organizaciones funcionen como deben de ser, para que los abogados se capaciten más e incluso para que adquieran ciertas competencias y las sepan transmitir a sus equipos respectivos.

Finalmente, pude entrar a trabajar en la organización en la cual me desempeño desde hace cuatro años, teniendo primero alumnos de derecho. Aquí, tanto ellos como yo tuvimos que comparar nuestros supuestos. Yo ya no entendía cómo me podían ver como “bicho raro” pues independientemente de que mi vida profesional no hubiera sido enfocada del todo a lo legal mi carrera era la de derecho. Ellos, por su parte, no entendían cuál era la utilidad de no haber profundizado más en alguna rama del derecho en lugar de estudiar administración. Me hacían preguntas como ¿por qué ya no te gustó el derecho miss? ¿pero piensas sacar otra maestría en derecho ya de a “de veras”?  Finalmente, me parece que a algunos sí les pude transmitir la utilidad de las ramas administrativas en cualquier organización, incluso las de la rama jurídico-legal.

Esta no fue la única confrontación de supuestos, sino el finalmente aceptar que independientemente de la formación disciplinar que tuviera, me podría dedicar a la enseñanza. En esta parte creo fue donde más salió a flote mi historia, formación de casa, etc. Me he ido descubriendo en un estilo, si bien no idéntico, muy parecido al de mi madre. Repitiendo patrones e intentando imitar lo que considero fueron sus aciertos en la profesión. Por supuesto, mi experiencia no alcanza lo que ella llegó a desarrollar, pero sí creo que logró transmitirme de manera voluntaria o involuntaria mucho de su estilo en la planeación de sus clases, el trato a sus alumnos, la relación con sus colegas, etc.

Hoy puedo decir que algunos de mis supuestos permanecen, como el hecho de que tener el orgullo por una profesión y defenderla a capa y espada es algo bueno y necesario, el que en ocasiones hay “tablas y formatos” que no resumen lo que se puede transmitir en una buena argumentación y el que es importante dignificar todas las profesiones y darles el reconocimiento por la trascendencia que tienen en la comunidad. Sin embargo, otros supuestos han cambiado, como el que “sólo los abogados entienden a otros abogados” o el que la docencia no sea una profesión con beneficios tan satisfactorios como el de un ingreso económico alto. Definitivamente, creo que falta en México darle la importancia y reconocimiento a los maestros, pero también creo que muchas veces, esa satisfacción tan grande puede ser recibida con encontrarse a un alumno y te diga “¡tengo que contarte, sí me dieron la chamba!”, con el hecho de que un exalumno regrese a pedirte un consejo e incluso con amistades que dan frutos por toda una vida.